"caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad,
benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad" (Ga
5,22-23, vg.).
El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia,
afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas
no hay ley." -Gálatas 5:22-23
Cuando el Espíritu Santo da sus frutos en el alma, vence las
tendencias de la carne.
Cuando el Espíritu opera libremente en el alma, vence la
debilidad de la carne y da fruto.
"Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que
el espíritu está pronto, pero la carne es débil" Mateo 26:41
Obras de la carne: Fornicación, impureza,
libertinaje, idolatría, superstición, enemistades, peleas, rivalidades,
violencias, ambiciones, discordias, sectarismo, disensiones, envidias,
ebriedades, orgías y todos los excesos de esta naturaleza. (Gálatas 5, 19)
Naturaleza de los frutos, Espíritu Santo y la
santificación: Al principio nos cuesta mucho ejercer las virtudes. Pero si
perseveramos dóciles al Espíritu Santo, Su acción en nosotros hará cada vez más
fácil ejercerlas, hasta que se llegan a ejercer con gusto.
Las virtudes serán entonces inspiradas por el
Espíritu Santo y se llaman frutos del Espíritu Santo. Cuando el alma, con
fervor y dócil a la acción del Espíritu Santo, se ejercita en la práctica de
las virtudes, va adquiriendo facilidad en ello. Ya no se sienten las
repugnancias que se sentían al principio.
Ya no es preciso combatir ni hacerse violencia. Se hace con
gusto lo que antes se hacía con sacrificio. Les sucede a las virtudes lo mismo
que a los árboles: los frutos de éstos, cuando están maduros, ya no son agrios,
sino dulces y de agradable sabor.
Lo mismo los actos de las virtudes, cuando han llegado a su
madurez, se hacen con agrado y se les encuentra un gusto delicioso. Entonces
estos actos de virtud inspirados por el Espíritu Santo se llaman frutos del
Espíritu Santo, y ciertas virtudes los producen con tal perfección y tal
suavidad que se los llama bienaventuranzas, porque hacen que Dios posea al alma
planamente. La Felicidad Cuanto más se apodera Dios de un alma más la
santifica; y cuanto más santa sea, más feliz es. Seremos más felices a medida
que nuestra naturaleza va siendo curada de su corrupción. Entonces se poseen
las virtudes como naturalmente. Los que buscan la perfección por el camino de
prácticas y actos metódicos, sin abandonarse enteramente a la dirección del
Espíritu Santo, no alcanzarán nunca esta dulzura. Por eso sienten siempre
dificultades y repugnancias: combaten continuamente y a veces son vencidos y
cometen faltas.
En cambio, los que, orientados por el Espíritu Santo, van por
el camino del simple recogimiento, practican el bien con un fervor y una
alegría digna del Espíritu Santo, y sin lucha, obtienen gloriosas victorias, o
si es necesario luchar, lo hacen con gusto. De lo que se sigue, que las almas
tibias tienen doble dificultad en la práctica de la virtud que las fervorosas
que se entregan de buena gana y sin reserva. Porque éstas tienen la alegría del
Espíritu Santo que todo se lo hace fácil, y aquéllas tienen pasiones que
combatir y sienten las debilidades de la naturaleza que impiden las dulzuras de
la virtud y hacen los actos difíciles e imperfectos.
La comunión frecuente perfecciona las virtudes y abre el
corazón para recibir los frutos del Espíritu Santo porque nuestro Señor, al unir
su Cuerpo al nuestro y su Alma a la nuestra, quema y consume en nosotros las
semillas de los vicios y nos comunica poco a poco sus divinas perfecciones,
según nuestra disposición y como le dejemos obrar. Por ejemplo: encuentra en
nosotros el recuerdo de un disgusto, que aunque ya pasó, ha dejado en nuestro
espíritu y en nuestro corazón una impresión, que queda como simiente de pesar y
cuyos efectos sentimos en muchas ocasiones.
¿Qué hace nuestro Señor?
Borra el
recuerdo y la imagen de ese descontento, destruye la impresión que se había
grabado en nuestras potencias y ahoga completamente esta semilla de pecados,
poniendo en su lugar los frutos de caridad, de gozo, de paz y de paciencia.
Arranca de la misma manera las raíces de cólera, de intemperancia y de los
demás defectos, comunicándonos las virtudes y sus frutos.
Los tres primeros frutos del Espíritu Santo son:
La caridad, el gozo y la paz, que pertenecen especialmente
al Espíritu Santo. -La caridad, porque es el amor del Padre y del Hijo -El
gozo, porque está presente al Padre y al Hijo y es como el complemento de su
bienaventuranza. -La paz, porque es el lazo que une al Padre y al Hijo. Estos
tres frutos están unidos y se derivan naturalmente uno del otro. -La caridad o
el amor ferviente nos da la posesión de Dios -El gozo nace de la posesión de
Dios, que no es otra cosa que el reposo y el contento que se encuentra en el
goce del bien poseído.
-La paz que, según San Agustín; es la
tranquilidad en el orden. Mantiene al alma en la posesión de la alegría contra
todo lo que es opuesto. Excluye toda clase de turbación y de temor. La santidad
y la caridad valen más que todo La caridad es el primero entre los frutos del
Espíritu Santo, porque es el que más se parece al Espíritu Santo, que es el
amor personal, y por consiguiente el que más nos acerca a la verdadera y eterna
felicidad y el que nos da un goce más sólido y una paz más profunda. Dad a un
hombre el imperio del universo con la autoridad más absoluta que sea posible;
haced que posea todas las riquezas, todos los honores, todos los placeres que
se puedan desear; dadle la sabiduría más completa que se pueda imaginar; que
sea otro Salomón y más que Salomón, que no ignore nada de toda lo que una
inteligencia pueda saber; añadidle el poder de hacer milagros: que detenga al
sol, que divida los mares, que resucite los muertos, que participe del poder de
Dios en grado tan eminente como queráis, que tenga además el don de profecía,
de discernimiento de espíritus y el conocimiento interior de los corazones. El menor
grado de santidad que pueda tener este hombre, el menor acto de caridad que
haga, valdrá mucho más que todo eso, porque lo acercan al Supremo bien y le dan
una personalidad más excelente que todas esas otras ventajas si las tuviera; y
esto, por dos razones:
1- Porque participar de la santidad de Dios, es participar
de todo lo más importante, por decirlo así, que hay en Él. Los demás atributos
de Dios, como la ciencia, el poder, pueden ser comunicados a los hombres de tal
manera que les sean naturales. Únicamente la santidad no puede serles nunca
natural (sino por gracia).
2- Porque la santidad y la felicidad son como dos hermanas
inseparables y porque Dios no se da ni se une más que a las almas santas y no a
las que sin poseer la santidad, poseen la ciencia, el poder y todas las demás
perfecciones imaginables. Por lo tanto, el grado más pequeño de santidad o la
menor acción que la aumente, es preferible, a los cetros y coronas. De lo que
se deduce que perdiendo cada día tantas ocasiones de hacer actos sobrenaturales,
perdemos incontables felicidades, casi imposibles de reparar. No podemos
encontrar en las criaturas el gozo y la paz, que son frutos del Espíritu Santo,
por dos razones.
1- Porque únicamente la posesión de Dios nos afianza contra
las turbaciones y temores, mientras que la posesión de las criaturas causa mil
inquietudes y mil preocupaciones. Quien posee a Dios no se inquieta por nada,
porque Dios lo es todo para él, y todo lo demás solo vale en relación a El y
según El lo disponga.
2- Porque ninguno de los bienes terrenos nos puede
satisfacer ni contentar plenamente. Vaciad el mar y a continuación, echad en él
una gota de agua: ¿llenaría este vacío inmenso? Todas las criaturas son
limitadas y no pueden satisfacer el deseo del alma por Dios. La paz hace que
Dios reine en el alma y que solamente Él sea el dueño. La paz mantiene al alma
en la perfecta dependencia de Dios. Por la gracia santificante, Dios se hace en
el alma como una fortaleza donde habita. Por la paz se apodera de todas las
facultades, fortificándolas tan poderosamente que las criaturas ya no pueden
llegar a turbarlas. Dios ocupa todo el interior. Por eso los santos están tan
unidos a Dios lo mismo en la oración que en la acción y los acontecimientos más
desagradables no consiguen turbarlos.
De los frutos de Paciencia y Mansedumbre
Paciencia modera la tristeza
Mansedumbre modera la cólera
Los frutos anteriores disponen al alma a la de paciencia,
mansedumbre y moderación. Es propio de la virtud de la paciencia moderar los
excesos de la tristeza y de la virtud de la mansedumbre moderar los arrebatos
de cólera que se levanta impetuosa para rechazar el mal presente. El esfuerzo
por ejercer la paciencia y la mansedumbre como virtudes requiere un combate que
requiere violentos esfuerzos y grandes sacrificios. Pero cuando la paciencia y
la mansedumbre son frutos del Espíritu Santo, apartan a sus enemigos sin
combate, o si llegan a combatir, es sin dificultad y con gusto. La paciencia ve
con alegría todo aquello que puede causar tristeza. Así los mártires se
regocijaban con la noticia de las persecuciones y a la vista de los suplicios.
Cuando la paz está bien asentada en el corazón, no le cuesta a la mansedumbre
reprimir los movimientos de cólera; el alma sigue en la misma postura, sin
perder nunca su tranquilidad. Porque al tomar el Espíritu Santo posesión de
todas sus facultades y residir en ellas, aleja la tristeza o no permite que le
haga impresión y hasta el mismo demonio teme a esta alma.
De los frutos de bondad y benignidad: Estos dos
frutos miran al bien del prójimo. La bondad y la inclinación que lleva a
ocuparse de los demás y a que participen de lo que uno tiene. La Benignidad. No
tenemos en nuestro idioma la palabra que exprese propiamente el significado de
benígnitas. La palabra benignidad se usa únicamente para significar dulzura y
esta clase de dulzura consiste en tratar a los demás con gusto, cordialmente,
con alegría, sin sentir la dificultad que sienten los que tienen la benignidad
sólo en calidad de virtud y no como fruto del Espíritu Santo.
Del fruto de longanimidad(perseverancia) La
longanimidad o perseverancia nos ayudan a mantenernos fieles al Señor a largo
plazo. Impide el aburrimiento y la pena que provienen del deseo del bien que se
espera, o de la lentitud y duración del bien que se hace, o del mal que se
sufre y no de la grandeza de la cosa misma o de las demás circunstancias.
La longanimidad hace, por ejemplo, que al final de un año
consagrado a la virtud seamos más fervorosos que al principio.
Del fruto de la fe:
La fe como fruto del Espíritu Santo, es
cierta facilidad para aceptar todo lo que hay que creer, firmeza para afianzarnos
en ello, seguridad de la verdad que creemos sin sentir repugnancias ni dudas,
ni esas oscuridades y terquedades que sentimos naturalmente respecto a las
materias de la fe. Para esto debemos tener en la voluntad un piadoso afecto que
incline al entendimiento a creer, sin vacilar, lo que se propone. Por no poseer
este piadoso afecto, muchos, aunque convencidos por los milagros de Nuestro
Señor, no creyeron en Él, porque tenían el entendimiento oscurecido y cegado
por la malicia de su voluntad. Lo que les sucedió a ellos respecto a la esencia
de la fe, nos sucede con frecuencia a nosotros en lo tocante a la perfección de
la fe, es decir, de las cosas que la pueden perfeccionar y que son la
consecuencia de las verdades que nos hace creer. No es suficiente creer, hace
falta meditar en el corazón lo que creemos, sacar conclusiones y responder
coherentemente. Por ejemplo, la fe nos dice que Nuestro Señor es a la vez Dios
y Hombre y lo creemos. De aquí sacamos la conclusión de que debemos amarlo
sobre todas las cosas, visitarlo a menudo en la Santa Eucaristía, prepararnos
para recibirlo y hacer de todo esto el principio de nuestros deberes y el
remedio de nuestras necesidades. Pero cuando nuestro corazón esta dominado por
otros intereses y afectos, nuestra voluntad no responde o está en pugna con la
creencia del entendimiento. Creemos pero no como una realidad viva a la que
debemos responder. Hacemos una dicotomía entre la "vida espiritual"
(algo solo mental) y nuestra "vida real" (lo que domina el corazón y
la voluntad). Ahogamos con nuestros vicios los afectos piadosos. Si nuestra
voluntad estuviese verdaderamente ganada por Dios, tendríamos una fe profunda y
perfecta.
De los frutos de Modestia, Templanza y Castidad La
modestia regula los movimientos del cuerpo, los gestos y las palabras. Como
fruto del Espíritu Santo, todo esto lo hace sin trabajo y como naturalmente, y
además dispone todos los movimientos interiores del alma, como en la presencia
de Dios. Nuestro espíritu, ligero e inquieto, está siempre revoloteando par
todos lados, apegándose a toda clase de objetos y charlando sin cesar.
La modestia lo detiene, lo modera y deja al alma en una
profunda paz, que la dispone para ser la mansión y el reino de Dios: el don de
presencia de Dios. Sigue rápidamente al fruto de modestia, y ésta es, respecto
a aquélla, lo que era el rocío respecto al maná. La presencia de Dios es una
gran luz que hace al alma verse delante de Dios y darse cuenta de todos sus
movimientos interiores y de todo lo que pasa en ella con más claridad que vemos
los colores a la luz del mediodía. La modestia nos es completamente necesaria,
porque la inmodestia, que en sí parece poca cosa, no obstante es muy
considerable en sus consecuencias y no es pequeña señal en un espíritu poco
religioso.
Las virtudes de templanza y castidad atañen a
los placeres del cuerpo, reprimiendo los ilícitos y moderando los permitidos.
-La templanza refrena la desordenada afición de comer y de beber, impidiendo
los excesos que pudieran cometerse -La castidad regula o cercena el uso de los
placeres de la carne. Mas los frutos de templanza y castidad desprenden de tal
manera al alma del amor a su cuerpo, que ya casi no siente tentaciones y lo
mantienen sin trabajo en perfecta sumisión.
El Espíritu Santo actúa siempre para un fin: Nuestra
santificación que es la comunión con Dios y el prójimo por el amor.